Preparativos
Para: Tina. Fernanda, Jorge y Mauricio.
Con cariño, acompañamiento y todo lo demás.
OCT 09
El viernes por la tarde me quedé de ver con Amu. Se llama Ricardo, pero nadie le dice así, para los cuates es Amu, debido a que fue por varios años nuestro Amu-leto de mala suerte. Luego, luego que se nos arrejuntó para ser nuestro amigo, nos dejaron nuestras chavas, la cerveza nos comenzó a caer mal y hacernos cruda. La hierba no nos consentía, nos ocasionaba diarrea. En fin, no basamos nuestra amistad en cosas tan mezquinas ya después conseguí chava. El punto es que todo esto fue idea de él, pero es que Amu tiene tanta labia al hablar que logró convencernos, ¡Pinche Amu fue i-ne-vi-ta-ble!
Ese día me quedé dormido para la clase de técnicas y estilos de interpretación I, como sabrán seré como Germán Valdés. Incluso creo que hasta me parezco, espero que me valoren por mi talento y no por mi parecido, lo peor de esa mañana es que no me quedé dormido en mi casa sino en la cama de María. No sé a qué hora se fue a trabajar y la muy condenada me dejó encerrado en su casa. Hasta medio día regresó, no chingues María estás para una emergencia que tal si tiembla y me quedó aquí atrapado, favor que nos harías querido, dijo cínicamente. Creo que por eso la quiero y no porque sea la primer chava que realmente me quiera desinteresadamente. Lo primero que me gustó de María es que es muy inteligente, más que yo -sin duda alguna-.
Pinche Amu, no se cómo nos convenció ese viernes. Llegué a su casa en la calle de Hospital. Una casa muy bonita pero hecha un desmadre, y no es que me guste juzgar verdad, pero su cuchitril es evidente, pinche Amu, un día te va a comer una rata gigante sino ordenas este espacio, pero nada que nos hacía caso. El día de su cumpleaños María y yo le regalamos algo que jamás había conocido: orden y limpieza. Lava aquí sí el lavabo, ayúdame a separar su ropa, ordena sus discos y películas, ¿y tu qué haces María?, estoy sacudiendo su closet. Pinche Amu, le dejamos su casa bien limpia. -Cuando le ordenaba sus pelis encontré las mías que decía no tener, pinche Amu ratero-. Cuando Amu llegó le dimos la sorpresa: ¡Sorpresa! y su cara de idiota. Ya para el reventón de la noche ni ganas tenía de bailar, ni tomar, tenía una fatiga terrible. Pasa Wachis, qué crees que acabo de descubrir, mira te enseñaré mi secretito que nos cambiará la vida. Me subió a su azotea donde sembraba varias plantas -entre ellas ya saben cual-. Mira me dijo, qué qué veo, ¿qué no ves?, no no veo, ¿no ves el origen de la vida?, ¿cuál vida? ¿esta pinche planta?, no seas pendejo Wachis ¿que no ves bien?, no Amu no se a qué te refieres ¿la planta? ¿de qué es?, ¡El capullo Wachis! ¡El capullo! Ahí comenzó todo.
¡Es maravillosa la vida! nos permite convivir con tanta belleza, ¡Oh! qué hermosa es la creación y veremos, por primera vez, volar a nuestra pequeña mariposa, se llama Libertad, no mames Amu ¿ya le pusiste nombre?, sí Libertad que tanta falta nos hace en nuestra ciudad y en todo el país, en todo el mundo, en todos los mundos, ¿pinche Amu estás tomado? mira mejor que se llame María como mi chava, no ya le puse así y no es para que estemos jugando con su nombre ni bien nace de su capullo y ya andas fregándole la vida con problemas identitarios cambiándole el nombre, está bien yo nomás decía.
Yo no sé como es que el pinche de Amu es mi amigo, lo que tiene de pinche lo tiene de cabrón, pero es i-rre-sis-ti-ble. No sé como acepté su idea. Pero aquí estoy, armando esta pinche casa de campaña, jamás he armado una. En mi casa siempre me consideraron torpe para los trabajos manuales o para los trabajos que exigen trabajo físico. Espero que María sí sepa, ella lo sabe todo, sino: lo inventa – hablando en serio, ella es bien creativa-. Pero no sé si me quiera ayudar, estás bien pendejo Wachis, me dijo cuando le conté lo de Amu. Ese viernes llegó muy tarde, porque trabaja, estudia y aún así tiene tiempo para su biscochito de pan dulce. Estás bien pendejo Wachis, jamás me había hablado así. Nadie me insulta, y menos ella. Ya ni mi madrastra. -Sin querer se me salen cosas de las cuáles no me gusta hablar, como de la esposa de mi papá-. No mames Wachis, si dices las cosas las dices porque quieres y no porque se te salen así nomás, me dice en muchas ocasiones María. Estudia psicología, yo creo que por eso me entiende mejor. Estaba a punto de comenzar el partido.
Mira por el tamaño y el color ya está en la etapa final, ahora es una pupa. No lo entiendes Wachis porque estás bien güey, y yo podría pasar horas platicándote de las orugas y de las mariposas pero sería gastar mi saliva, ¿Ah así? pues tu no entiendes nada de teatro Amu y yo no ando haciendo evidente tu ignorancia. ¿Cómo que se te hace tarde para ir a trabajar que no? Apúrale para que no llegues tarde y mañana te den chansa de venir a cuidar a Libertad, ocupo cambio para el camión ¿tienes que me prestes Wachis?, ¿ya te acabaste los cincuenta pesos que te presté de ayer?, ¡claro! Wachis los cigarros que fumamos no me los regalan ni me los robo y ya ni la amuelas ves como está todo de caro y me echas en cara tus cincuenta pesos, Amu pues ya me debes casi tu quincena completa… Amu trabaja en una tienda Oxxo.
Mira Wachis, si tu quieres perder tu tiempo esperando a que una mariposa salga de su capullo es muy tu problema, pero yo no puedo pedir permiso en el trabajo solo para que tu y a Amu se vayan a ver al partido de las chivas, mientras yo me quedo como mensa cuidando un capullo. Además siempre le pagas los boletos para los partidos al huevón de Amu, deja de malgastar el dinero. Hace dos semanas que jugaron los leones ¿Acaso me invitaste?, no, pero yo sí tuve que ir a casa de Amu a ayudarlos a armar la casa de campaña ya que ustedes son unos inútiles. Le dedicas más tiempo a Amu que a mí, pero solo tu sabes, solo tu decides qué es lo que quieres… Le pusieron un techo de lámina a la planta con el capullo, un foco de sesenta watts a un metro. Y hacemos guardia para cuando ella decida nacer, trayendo consigo paz a este país, a este mundo, a estos mundos.
-¡Ah y sobre todo liberación!
Gasolinera
Dic 09
La madrugada no le favorecía, pero eso fue sólo el horario al inicio, cuando ella mencionó ser fuereña fue su condena. Aquí no quieren a los de afuera, y se delató por su hablar cantadito. Sus ojos son negros, bonitos; su piel blanca, suave; su cabello trigueño, esto depende según la temporada, porque a veces su cabello es rubio. Sus ojos cambian, esa larga noche eran miel. Sus cambios son naturales y no procesos de artificio. En la madrugada casi no hay automóviles, lo que hay son islas de niebla que transitan de aquí para allá. Ella pensaba: ¿Por qué el momento de más frío y de más oscuridad es justo cuando amanece, y no antes?. Es en esa frontera invisible donde ella siente una fuerza extraña que desde niña jamás ha comprendido, solo sabe que existe, como un susurro p o s t e r g a d o. En esa frontera ella se ve de fuera, como desprendiéndose de su cuerpo, sus ojos la recorren meticulosamente y se compadece y se enternece con su propia imagen. Si fea no eres Teresa- se dice. Luego amanece.
Teresita tiene catorce años y llegó a trabajar a esa gasolinera por su novio Andrés. Ella tiene el horario de las 11 pm a las 5 am, lo que le llaman de guardia. Lo que hace la necesidad- Se dijo Teresa. Pero tienes que trabajar -le dijo Andrés. Cuando Andrés llegaba a cargar gasolina, le marcaba con diez minutos de anticipación: Voy para allá gorda. Teresita se ponía nerviosa y se metía en aprietos si tenía clientes en ese momento, le pedía a su tocaya Teresa que le hiciera el paro y que acabara ella de hacer el servicio de cargar gasolina. Él le ha llamado al celular que él mismo le regaló y que extrañamente, sólo sus llamadas entran al celular, si alguien más quiere llamar a Teresita lo mandan al buzón de voz ¿Cómo lo habrá logrado? No lo sé. Ahora Teresita corre, recoge entre los aceites multigrado, una pequeña mochila de cuando iba a la secundaria. Una vez en el baño, saca un vestido negro, unos tacones desgastados pero bonitos. Se pinta los labios, se recoge el cabello. Pero si no eres mal taco teresa, estás mal enrollado, se decía. Esconde el overol que le prestó su tocaya en la misma mochila. Sale corriendo por si llega Andrés. Ve la hora en su celular 11:55. Tiempo récord, se dice. Ahora Andrés no se va a enojar por hacerlo esperar. Él llega, estaciona su coche donde ahora Teresita se encuentra. Ella saluda con gran emoción.
-Buenas noches guapo.
-Buenas noches primor.
-¿Cuánto va a ser galán?
-Lo de siempre.
-¿Andrés no crees que debería de quedarme algo de lo que gano?
-¿Me vas a hacer enojar de nuevo gorda? además por qué andas tan arreglada para trabajar en esta mugrosa gasolinera.
-Está bien, yo nomás decía….Y si me pongo guapa es solo por ti corazón.
Teresita lo besó, camino unos pasos hacia atrás sin dejar de mirarlo, dio la vuelta y marcó en la máquina ciento cincuenta pesos. Andrés esperaba. Sus ojos miel, su corazón latiendo agitadamente, el frío recorriendo cada recoveco de su cuerpo, entonces extrañamente sintió una fuerza que la hizo mirar hacia el cielo, buscar un horizonte nuevo. Había un reloj de pared, del cual ella no se había percatado de su existencia 11:59. La frontera invisible comenzaba a dividir los días, pero se tardó más de lo de siempre. Las islas de niebla también se estacionaron en la gasolinera. Ahora el ambiente era blanco, como una cortina delgada que mostraba las cosas blancas, como la piel de Teresita. Sus ojos vieron que de la frontera de los días salió un hombre ¿O era una mujer?, las islas se apretaron para esconder lo demás y solo estaba Ella y el desconocido. Los dos se miraron a los ojos, ella no podía dejar de mirar a la desconocida. Quedó incapacitada para hacer algo más que mirarla y verse reflejada en sus ojos: era ella misma. Era él en ella, quien todas las noches la llamaba, diciendo T e r e s a, el susurro p o s t e r g a d o. Teresa vengo por ti, -no lo dijo. Pero Teresa lo supo, porque ella misma lo dijo, a la distancia en el otro, ¿Por qué hoy?
Camión a Huixquiluca
Nov 07
Pikos
Sientes la imperante necesidad de escribir y estas a punto de volverte loco. Cierras los ojos, el dolor persiste. Abres los ojos lentamente, no sabes a bien a cierta en que parte del camino estás, es de noche, los vidrios están sucios. Hace mucho frío. El camión está casi vacío. En este instante te acabas de dar cuenta dónde estas, ¡Maldición! ¡Te quedaste dormido de nueva cuenta! las desveladas te van a matar. No sabes si enojarte o mejor resignarte, no sabes lo que pasa dentro de ti. El camión frena bruscamente, gritas: ¡Cuidado cabrón! En eso bajan tres personas que estaban sentados hasta tras, la última en bajar es una señora, voltea sorprendida por lo de “cabrón”, ¡Que no exagere la cabrona! Sólo quedas tú, el chofer y la mujer que está a tu lado, no te acuerdas siquiera a qué hora se sentó ¿Ya estaba cuando te subiste? Imposible de saber, tu memoria es demasiado frágil. Estas harto, volteas lentamente para verle la cara, te das cuenta que está dormida. La ves fijamente, ojala también ella se haya quedado dormida, para que no seas tu el único baboso que se quedó dormido. Ves de nuevo por la ventana, las luces de la ciudad brillan a lo lejos, una ciudad fría, amarilla, gris, sucia… sientes una sensación de soledad. El camión comienza a avanzar mucho más a prisa, ¡pues que le pasa a este cabrón! ¡Chofer de mierda! Vuelves a ver a la mujer y no le puedes quitar la vista, hay algo extraña en ella que te impide parpadear siquiera.
El camión aumenta la velocidad, extrañamente sientes vértigo dentro de ti ¿Será por el enojo? ¿La velocidad? ¿La extraña mujer? ¿El frenesí por escribir? No lo sabes, no lo puedes saber, no lo intentes saber, ¡No! ¡No! ¡No! ¡Esas luces! Cierras los ojos, las luces de un trailer que viene en sentido contrario al camión en donde vienes, te deslumbran, te ciegan. El vértigo te marea. Las luces se quedaron dentro de tus ojos, no se van. Sigues harto. ¿Y si mejor te bajas y esperas el camión de regreso?
La extraña sensación se ha ido o disminuye, la mujer que está a tu lado no se mueve siquiera, está en un fatídico sueño. La sigues viendo, sus labios son rosas, delineados, tristes. Sus ojos no los has visto, ¿de que color serán? Su nariz es afilada, pestañas enchinadas, algunas pecas se dejan ver en sus pómulos, el cabello es ondulado, ¡Ah! Hay un hilo de sangre muy oculto. ¿De qué habrá muerto? No tienes ni la mínima idea, parece estar tan viva, como si el oxigeno se aferrara a sus pulmones. ¿Cómo te diste cuenta de que estaba muerta? ¿Cómo te diste cuenta sin que te diera miedo? Sin que gritaras al chofer histérico ¿Cómo? ¿Explícame cómo? No lo puedo entender, dime de una vez. La única razón por lo que no tienes miedo es porque tú también estás muerto.
Te das cuenta de que estas y no estás, no te acuerdas cuando diste el gran paso a la eternidad, pero a todo esto, por qué sigues sentado en el camión que cada vez avanza más de prisa, el chofer maneja como desquiciado ¿Qué le pasa al cabrón? Pero ya no importa, estás muerto. Volteas a ver a la mujer, el vértigo invade cada recoveco de tu cuerpo e imaginación. Tu respiración es agitada, no puedes parpadear al verla. Ahora le tomas la mano, ella la siente ¡Son negros sus ojos! ¡Has descubierto sus ojos! Ella abrió sus ojos y ves tu reflejo en ellos ¡Los dos están muertos! Ahora están juntos. Cierras los ojos. Hay un hilo invisible de sangre que los une, en tu otra mano, de verdad, siente, siente, siente tu puño, y como lo sostiene.
Abres los ojos, te das cuenta que acabaste de soñar con el hombre que está a tu lado. ¡Qué horror! ¡Soñaste que estaba muerto! ¡Que bueno que despertaste! El camión ha llegado justo donde tienes que bajar. ¡Baja de prisa! estás muy exaltada. Quieres salir del asiento pero no cabes, le dices al hombre que te de permiso, pero él está muy dormido, no te escucha, tiene un sueño fatídico o casi mortal, por la ventana puedes ver allá abajo el mar de luces grises de la ciudad fría, amarilla, gris, sucia…
Todos los vientos y luceros de fuego
Ene 08
El viento no dejaba de aventar piedras que pegaban en los frágiles vidrios del cuarto en que se encontraba Víctor Román y el resto de la brigada; Jamás había tenido una experiencia como la de aquella noche en sus tres años como voluntario en campañas médicas.
Víctor Román Oropeza había encontrado un verdadero gusto en ayudar a personas a sobrellevar sus dolores y pesares físicos, al menos eso pensaba o le gustaba pensar, sabía que la ayuda que él daba, incluso en forma de consejos, nadie más la brindaría; y a través del tiempo se dio cuenta de lo beneficiado que le resultaba brindar uno o dos días de cada mes en atender a personas de los pueblos y comunidades más rezagadas a través de la brigada; ya que en sus múltiples exámenes extraordinarios de farmacología, bioquímica o neurofisiología lo aprobaban, de perdida con un seis, sus maestros sabían lo entregado que él era a las brigadas; no perdía oportunidad alguna para invitar al resto de sus amigos. Algunas veces recetaba tratamientos equívocos pero no era por maldad sino por ignorancia. Era bueno para escuchar a la gente que acudía con la salud marchita y con dolores de soledad más que físicos, todos ellos le contaban a Víctor Román acerca de la vida en el campo, sus mitos, sus sueños, sus esperanzas. Él escuchaba con un detenimiento perpetúo y sincero, se interesaba en las personas, en sus dolores y aflicciones.
Esa brigada había sido distinta desde que llegaron a la comunidad Xbalanqué de Próximo que era un pueblo únicamente de ancianos, niños y mujeres, todos transparentes e indiferentes ante todo, y al igual que en todas las comunidades del país, los hombres emigraban a los Estados Unidos en busca de “mejores oportunidades” dejando a sus esposas a cargo de lo que ni ellos mismos podían sobrellevar: la aparente vida. En cuanto los niños crecían, dejaban el pueblo para cruzar al otro lado para recuperar a sus padres desconocidos, o ya de plano se iban a emplear a la ciudad más cercana ya que la economía cada vez va de mal en peor decían las señoras y bastaba ver su expresión al decirlo para creerlo, aunado a que la realidad delataba su veredicto certero, de la cosecha del maíz ya no se podía vivir más, repetían numerosamente las señoras de los pueblos, sin embargo, las mujeres de Xbalanqué de Próximo no habían salido al encuentro de los jóvenes doctores, parecía que nadie les había informado de su pronta visita o vivían desfasados de la realidad; Los jóvenes doctores podían ver a la gente de la comunidad en su perpetuo estado habitual.
Los doctores caminaban por los senderos de tierra que conducían al centro de aquella comunidad perdida entre lo más alto de las montañas de la sierra, se podía escuchar música de décadas anteriores; canciones olvidadas de danzones desconocidos que sólo los habitantes de esa comunidad reconocían y que los transportaban a sus recuerdos antiguos, que les evocaba una nostalgia por el pasado que vivieron y que les resultaba mejor de lo que ahora vivían, vivían un presente sin fin y sin descanso. Víctor Román encabezaba la brigada de seis estudiantes de medicina de quinto y sexto semestre como él, y Ricardo, que ya era doctor y se encargaba de supervisar y confirmar que fueran correctos los tratamientos recetados por los aprendices; Ricardo era muy exigente y regañaba a quien cometiera el más mínimo error, de tal manera que jamás volvían a equivocarse o quienes tuvieran duda de su vocación, simplemente desertaban ante tales regaños, y para menos, decía Ricardo, con la salud todo y sin ella nada, lo bueno es que Ricardo no está todo el tiempo para ver los diagnósticos errados de Víctor Román. Después de mucho caminar llegaron a la triste calle principal, las casas estaban muy alejadas unas de otras. En la plazuela frente al palacio municipal dejaron sus mochilas con sus batas, instrumentos y cajas de medicinas caducas o a punto de caducar, da igual y otras medicinas hurtadas de los hospitales para poder curar a los pacientes menos afortunados, la brigada se dividió, unos se quedaron a descansar del arduo camino y otros se dirigieron con el presidente municipal o fiscal del pueblo, él era quien brindaba la información del número de habitantes, enfermos, ultimas campañas de salud, y finalmente les platicaba quién era el curandero del pueblo, por si necesitasen de sus servicios. En muchas ocasiones le había tocado a Víctor Román ser quien recibía las quejas sobre los programas de salud del gobierno, pinche gobierno, como si él fuera un funcionario o un candidato en campaña; la gente se le acercaba para que les llevara los servicios no solo de salud sino de luz, agua, teléfono entre otras peticiones, sin embargo en Xbalanqué de Próximo todo era distinto; en aquella comunidad no había presidente municipal ni fiscal, había un consejo de ancianos, lo supieron después de mucho preguntar sin tener éxito alguno ya que la gente de aquella comunidad no parecía entender lo que Tania, Víctor Román o Ricardo decían, ellos caminaron hasta dar con un señor que tenía un ojo ciego, un ojo de color azul que parecía transparente como alguna piedra preciosa, él hablaba bajito, y era el único que parecía entenderlos –Aquí ustedes no nos pueden ayudar. Sus medicinas son efímeras- Dijo, como si se tratase de una advertencia. El señor aparentemente vivía sólo, en una casa improvisada al lado de una cueva. –Ustedes no son como nosotros- Dijo como premisa final, cerró la puerta y desapareció. Mientras el trío de amigos caminaban de regreso y las demás personas estaban ensimismadas en su rutina, como si no fueran de este mundo, un niño con tizne por todo el cuerpo salió a su paso muy asustado y les preguntó qué les había dicho el jefe de ancianos, sin embargo, tan pronto salió a la vereda de polvo así mismo desapareció entre la selva alrededor del camino. Tania decidió seguirlo y preguntarle donde se encontraba la casa donde ponían la música, para poder así vocear a la gente para que acercara a la consulta, corrió tras el niño pero no logró alcanzarlo. Corrió y se apartó lo suficiente de Víctor Román y Ricardo como para no reconocerlos desde donde estaba y solo podía ver a dos hombres jadeantes acercase con esfuerzo. Tania recordó cuando conoció a Víctor Román, se había sentado a su lado en la banca de los viejos edificios de medicina el primer día de clases, en cambio ese no había sido el primer recuerdo que Víctor Román tenía de su querida novia. Él siempre le había asegurado que la había conocido en el examen de admisión a la Facultad, al sur de la ciudad, pero entre tantos aplicantes ella no lo recordaba. Llevaban dos meses de novios, ella jamás pensó poder andar con Víctor Román porque él ya se había convertido en su mejor amigo y con esto se hicieron cómplices de muchas cosas que a veces los novios no deben de saber; Víctor Román había pensado que de una buena amistad puede surgir una buena relación. Tania estaba de pie, el niño había desaparecido desde hacía varios momentos, mientras recordaba como la había convencido Víctor Román de ir a la brigada, observaba el pasto quemado y las huellas que, probablemente, un incendio había dejado en los árboles y helechos. Por fin, Ricardo y Víctor Román la alcanzaron. Estaban sofocados así que mejor se quedaron a descansar para tomar aliento. Soy la única mujer de la brigada y tengo mucho mejor condición que ustedes debiluchos-Dijo Tania.
-Qué extraña comunidad- Dijo Víctor Román y abrazó a Tania. Ella, retirando la mano de Víctor Román de su hombro, contestó -Lo que sí es extraño es la música. A cualquier lugar donde hemos ido ahí está. ¿De dónde viene?-. -No lo sé- Respondió Ricardo. A él le preocupaba, dónde pasarían la noche ya que en el palacio municipal no se encontraba nadie y la puerta, que más tarde forzarían, estaba cerrada. –¿Trajiste licor Víctor Román?-. –¿Llevas licor a las brigadas? Porqué no me habías contado eso- dijo Tania. –Y ese milagro, sólo porque viene tu novia, ¿ya no?- le dijo riendo Ricardo.
En ese momento era más de las dos de la tarde y estaban muy retrasados, según el procedimiento marcaba que después del medio día la comunidad debería de estar avisada de las consultas, pero las distancias eran largas y las personas no les escuchaban, a todos a quienes les habían avisado los tomaban por locos, no haciéndoles caso. Pero así sucedía a veces… por tanto Víctor Román, quien tenía más experiencia incluso más que Ricardo, no se preocupó. Él estaba feliz porque Tania lo había acompañado por vez primera a una brigada, Tania sabía que su novio era un buena persona y lo había demostrado a lo largo del año que llevaban de conocerse, aunque habían detalles en él que a ella le preocupaba y le molestaba; como lo que había pasado un día antes, varios días antes. A Víctor Román le gustaba salir con sus amigos de guardia, muchas veces había salido con ellos a divertirse a bares y antros cerca de la Condesa, la Roma o al Pedregal y San Ángel, y cuando se sentían, según ellos, muy mexicanos hasta a Garibaldi, pero Víctor Román vive hasta casa de la chingada, y no pudiendo regresar a dormir a su casa, había hecho del Hospital General su hotel para dormir casi todos los viernes y jueves de antro. Pero eso no era todo, también acostumbraba tomar prestados del hospital medicamentos para su familia y amigos. Incluso algunas veces comerciaba estos productos por muy módicas cuotas. Fuera de esto percances Tania era feliz con él. Ella era poco expresiva respecto al amor en su noviazgo, del tiempo que llevaba de novia solo había besado a Víctor Román en tres ocasiones: cuando se hicieron novios, cuando cumplieron un mes y al cumplir el segundo mes, porque todo lo demás se le hacía cursi, tomarle de la mano, imposible. Era una persona fría pero amable.
Tania, Ricardo y Víctor Román llegaron pronto con el resto de la brigada quienes también fracasaron invitando a las personas. Ellos se dieron cuenta que las pocas personas que habían visto en las calles aledañas tenían problemas de salud en la piel, parecían ser quemaduras. Pensaban que conocerían más del asunto cuando la gente se acercara, pero no fue así. Una vez que instalaron un consultorio improvisado dentro del pequeño cuarto de techo de lámina que era el palacio municipal, teniendo ordenados los medicamentos y las hojas de formularios de datos; simplemente sucedió lo que se veía venir: nadie fue a la consulta. Ricardo entristeció al igual que Víctor Román, éste se sintió desilusionado porque le había contado muchas aventuras a Tania, y ella jamás le creería y jamás volvería a la brigada con él. Los dos no pudieron ser los superhéroes y redentores, como se creían. La tarde se les pasó de lo más pronto en conversaciones, así eran las tardes de jolgorio de los médicos, conversación tras conversación, chiste tras chiste, conocían del mundo, del dolor y de la vida. Sus pláticas eran amenas, bromeaban a los nuevos con burlas crueles y a veces casi infantiles, eso era otra virtud de Víctor Román, quien no desaprovechó momento alguno para novatear a Alejandro. Pero había momentos en que la seriedad los devolvía a sus puestos de doctores y se comportaban conforme a lo que eran.
Anocheció más temprano que nunca, acababan de comer, cuando comenzó a correr el aire tempestuoso. Víctor Román les contaba a los demás que había conocido a Eduardo, uno más de la brigada, hacía seis años, cuando los dos estudiaban la preparatoria. Eduardo se encargaba de dar catecismo en la parroquia de San Agustín, muy cerca donde vivía Víctor Román, años más tarde de ser amigos, justo cuando entrarían a estudiar medicina, asistieron a que les tatuarán la cruz de San Benito, ya que dijeron que cualquier complicación que tuvieran en el futuro por el tatuaje –como alguna infección-, su ignorancia sería su justificación y más cuando querían ser doctores, y que mejor que traer en carne viva la de protección de aquella cruz, decía Eduardo. Ante el fracaso de su visita a Xbalanqué de Próximo, todos los instrumentos y medicamentos habían sido guardados, cuando llegó una mujer para ser atendida, venía de las lejanías de la comunidad, y que a pesar de que hablaba muy poco, había dicho que había caminado mucho. Su piel se encontraba cangrenada, Ricardo no se explicaba como aquella mujer podía seguir viviendo y sin aparente dolor. La terrible necrosis se había extendido a la mayor parte de la epidermis visible. Quedaron boquiabiertos ante tal hecho. Como no hubo más pacientes que aquella mujer que no dijo su nombre, la atendieron entre todos, ella los observaba con mucho detenimiento, pero sin decir ni una palabra, fue extremadamente difícil poder diagnosticar por los silencios de la paciente. Justo cuando ellos, en concilio, decidieron lo mejor que hacer por la salud de la mujer, ésta salió sigilosamente huyendo de la habitación. Todos salieron de prisa para detenerla pero parecía que había desaparecido, como si el viento fuerte la hubiese trasladado a otro tiempo. La música comenzaba a desvanecerse por la corriente del viento, las palabras se arrastraban iban y venáin. En ese momento todos quisieron huir y no estar ahí, sintiendo algo extraño que les oprimía el pecho. Era completamente de noche. No había luz más que de la luna. Imposible partir de ahí, tendrían que esperar al amanecer.
El viento no dejaba de aventar piedras que pegaban en los frágiles vidrios del cuarto en que se encontraban los jóvenes doctores; Jamás nadie había tenido una experiencia como la de aquella noche, sentían un extraño sentimiento de miedo y fatalidad. Víctor Román dormitaba y entre sus pensamientos alguien interrumpió y tocó la puerta y gritando pidió ayuda, en ese momento Víctor Román se incorporó de inmediato y gritó: ¡Levántense médicos! los demás no se encontraban dormidos porque era imposible ante el ruido que había afuera, temían que en cualquier momento los muros se rompieran. Momentos antes se había levantado Víctor Román del suelo porque la bisagra que detenía la puerta se había roto y la tuvieron que sujetar en su lugar con mecates y cuerdas que llevaban, de esta manera conciliar el sueño era una burla ante aquel espectáculo. El viento soplaba tan fuerte que incluso no podían escuchar sus pensamientos de serenidad y se encontraban nerviosos, con un cierto miedo ante lo desconocido, el techo de lámina comenzó a desprenderse de los muros de concreto, primero una y luego otra hasta que quedaron al descubierto, la luz de la luna iluminaba más que nunca, cuando se acaban de elevar los pedazos del techo llevados por la corriente del aire, y el resto de la brigada se juntó en una esquina de la habitación para que no corrieran con la misma suerte que las frágiles laminas, fue cuando escucharon que les gritaban: ¡Levántense médicos! Lo primero que hicieron fue incorporarse, buscaron entre sus cosas desorganizadas por los torbellinos que desaparecían en el instante mismo que se formaban, sudaderas y chamarras, sin olvidar estetoscopios y demás cosas útiles. Unos a penas encontraron sus batas pero no había tiempo, se escuchaba gritos de auxilio que no se podía saber de donde provenían, a pesar de la fuerte luz de la luna, no se diferenciaba nada una vez fuera del cuarto, las personas parecían sombras corriendo por una vereda que llevaba hacia abajo de donde se encontraba la comunidad, los médicos no sabían lo que pasada, Víctor Román intentó detener a las personas que bajaban de prisa, pero nadie se paraba a darle explicaciones como había ocurrido en la mañana, solo se deslizaban las sombras. Los demás doctores estaban ensimismados, Alejandro quien era el más joven de todos, gritó para quitarles el letargo que los paralizaba ¡Qué hacemos aquí parados hay que ir a ayudar! Comenzaron a correr por la vereda, siguiéndolo, descendían entre la milpa, árboles y selva, que no habían visto por la mañana. Ellos mismos no se podían explicar el por qué corrían cuando estaban en medio de la nada, sintiéndose confundidos y con miedo ¿A quien ayudarían? ¿Acaso corrían instintivamente para salvar sus vidas? Nadie lo sabía a bien y a cierta, pero estaban los cinco detrás de Alejandro que traía la bata puesta, las sombras escapaban por veredas distintas, pero después se volvían a encontrar sobre la vereda iluminada por la luna, el viento no dejaba de ser cruel pues seguía elevando perros, gatos, láminas, tejas, y cosas de menor peso. Víctor Román miraba hacia abajo para ver lo que podía estar pasando pero al mismo tiempo no dejaba de voltear para ver si la brigada estaba completa, ¡No hay que separarnos, todos juntos! ¡Mucho cuidado! Pero a quien sus ojos buscaban con mucha preocupación era a Tania, no podía permitir que nada le pasara. En algún momento se detuvo y dejó pasar a los demás y cuando estuvo cerca de Tania, le tomó la mano muy fuerte, ella estaba serena como siempre con la luz de la luna sobre sus hermosos ojos. Mientras corrían veían las sombras de personas ir, intrigadas y ausentes; Tania les gritaba: ¿Qué sucede? ¿Qué pasa? Pero estos no contestaban, fue entonces cuando vieron el primer rasgo de lo que les esperaba, pequeños luceros amarillos y rojos se elevaba entre el viento y se expandían por todos lados, luceros de fuego. Descendían a prisa y el aire ya era pesado, la luz de la luna dejó de ser diáfana y ahora todo se percibía como a través de una cortina gris. Víctor Román se había quedado hasta atrás junto con Tania, fue cuando las llamas de fuego se podían ver más cerca, se escuchaba como el fuego quemaba la madera y se apoderaba de todo el espacio, el viento elevaba las chispas hasta un punto donde todos los médicos se detuvieron, y dimensionaron, Ricardo dividió el equipo, Tania, Víctor Román y Alejandro regresarían a buscar ayuda, ¿Pero ayuda de quien? Pensó Tania, pero no lo dijo; quien no se quedó callado fue Alejandro y se negó a regresar, tenía un espíritu valiente y sabía que podía haber gente herida en el incendio, ante la rapidez del momento Ricardo cedió que Alejandro los acompañara y mandó a Eduardo en vez de Alejandro con Víctor Román y Tania. Mientras ascendían Tania tomó de la mano a Víctor Román algo que jamás hacía y sintió que le reconfortaba el alma, caminaron, pero los caminos eran confusos, vereda tras vereda todas distintas y tan iguales. Fue entonces que perdieron la noción del tiempo, el aire era pesado y estático, les faltaba agua y claridad; caminaron y no sabían cuanto tiempo habían caminado. Estaban cansados, el aire seguía denso, y todo estaba gris. Todo había sido tan rápido y vertiginoso.
El sol comenzó a delinear el horizonte, los árboles aún sufrían los estragos del cruel incendio, el viento había calmado, la ceniza se dispersaba como polen de flor, los rayos del sol se filtraban por los párpados rosas de Tania, quien se incorporó de inmediato, aún confusa; lo último que recordaba era el rostro de preocupación de Víctor Román. Recordó las veces en que ella se había negado a acompañarlo a las brigadas, y recordó que estaba ahí porque se lo había prometido y porque ese fin de semana cumplían un mes más siendo novios y si estaba con él podría besarlo una vez más, miró a su alrededor y no encontró más que cenizas, y en sus labios más cenizas…
La nabe
Para mí en mi búsqueda
Ene 10
El monje superior no quiso recibirme de nuevo, y por obediencia no lo molestaré más. Muy bien me dijo que me quedara en mi celda ofreciendo sacrificios espirituales, ayunos, y silencio, silencio, silencio. Pero no me gusta ya estar en este templo de oración y meditación. Una vez dentro de mi celda, se abre un túnel que abarca parte del muro y parte del suelo… se abrió de este lado que da al mar, comienza a preocuparme; se abrió justo el día en que comenzaron a hablar de la nabe.
-Albergará a miles de peregrinos- Dijo el monje superior. –Jamás habrá santuario con mayor gloria a dios-. -La nabe tendrá una escuela de oficios-. –La nabe superará en tamaño a todas las obras realizadas por el hombre -.
Desde que se le deslizó la idea de la nabe en los pensamientos del monje superior, no piensa en otra cosa que en su construcción, no me ha querido recibir. Sigo en el silencio de mi celda, siento la humedad y escucho la caricia del mar. El túnel me ha confrontado, siento silencio, silencio, silencio. ¡Que mejor nabe que el mundo mismo! ¡Su propia creación! ¡Que mejor santuario que uno mismo! Pero no me ha querido oír… hay charcos de agua dentro de la celda, me gusta el olor a sal.
Un pez rojo carnudito, como tornasol dorado se ha extraviado en el mar y brincó dentro de mi celda buscando el mar deslizándose y brincoteándo. Lo he tomado en mis manos, y lo he introducido por el túnel… pienso en el ciclo de vida del agua, el agua de los ríos vertidos en el mar, como nuestras almas vertidas en el gran mar, y puede que yo sea ese pez rojo carnudito, o como este otro pez azul plateado que se desliza entre mis piernas, o esos otros color turquesa que nadan al rededor mío, dando una y otra y otra vuelta sin cansarse y sin cesar. ¡Como puede caber tanto mar en mi celda!, ¡yo la pensaba muy pequeña! Silencio, silencio, silencio.