Los sueños son sueños y la visa es la vida,
algunas veces, la vida es sueño y el sueño
la vida.
Pero él. Ante la esclavitud de seguir durmiendo
y seguir soñando, no pude levantarse a escribir:
Relacionaba las cosas y las palabras, hizo
memoria y lo único que pudo llegar a decir:
Yo ni creo en el infierno ¿Por qué, no lo sé?
El padre demonólogo le firmó su novela apocalíptica
después de la conferencia que vino a dar desde Roma.
El exorsista viéndolo le dijo: O tienes un demonio o
tienes una energía radiante, -ojalá sean las dos cosas-
se dijo nuestro soñador. -Sino que aburrido-
El padre firmo el libro, impuso, ,muy inesperadamente la
mano sobre la frente de su interloculor. Musitó algo
sencillo, y dijo: todo está hecho. No comentó más y el
escritor de sueños tampoco preguntó al respecto.
El soñador piensa que lo exorsisó así como sus acompañantes,
desde entonces, esta en vigila. En los abismos de la realidad,
siendo el sueño algo lejano, distante, vedado.
En las noches de imsomnio, abre
la dedicatoria del libro, y se repite una y otra vez:
Yo ni creo en el infierno.
Desde que creí en él, y en la existencia de los ángeles
malvados, se concibió en mi mente su maldad, perder mi
vida onírica. Mi vida al revés. Mi vida con una lógica no
aprendida, representación pura.
No creo en el infierno, porque la misericordia es mayor,
porque hasta los demonios estará ahí, de nueva cuenta.
Nuestro soñador llora por no dormir y no soñar.
Se ha decidido buscar al exorsista y que convoque él
a “quienes salieron”. Que de él jamás se hubieran ido.
Las lágrimas que derraman sus ojos no resbalan por
sus mejillas, se deslizan muy poca distancia, y ascienden,
ascienden hacia el techo. Él no se había dado cuenta,
Un charco de lágrimas está al centro, moviéndose,
como si respirara. Entonces deja de llorar.
Ríe, suspira, las cosas y las palabras son suyas.
Regresó a su vida de ensueño, de sueño de vida.
En ese momento se pone de pie, y las lágrimas descienden,
una por una, al rededor de él, y lo comienzan a transfigurar.
Ahora en su realidad, nuestro soñador siente un gozo
interno, un cosquilleo en la espalda, en la rodilla, en su frente.
Está feliz. Ahora, decide despertar.
Abre los ojos. No hay evidencia del charco de lágrimas.
¿Pero si apenas será hoy la conferencia? Corre hacia sus libros:
Lee la dedicatoria: No dejes de ir hoy, para firmarte mi libro,
Los demonios somos nosotros mismos.