Cuando volvieras
(2006)
Para mis amigos de Oaxaca.
Todos los días vestía simpáticos overoles de mezclilla, nadie podía recordarle sin traerlos
puestos, desde niño los ocupaba. Ariosto era carpintero. En el cuello traía innumerables
escapularios de Jesucristo, así como de diferentes santos y vírgenes. Era creyente católico,
consagrado a hacer puertas, sillas, mesas, muebles en general, en un estilo rústico, todo por
encargo, ya que su pasatiempo favorito era hacer alebrijes, hermosas figuras de madera que
después pintaba con colores vivos; los últimos años se había dedicado por completo a
realizar grandes obras.
En el taller donde realizaba los alebrijes también había más artistas, entre ellos sus
primos y los primos de sus primos, en aquel lugar todos eran familia, a pesar de que la
mayoría se dedicaba a la fabricación de artesanías, las mejores eran las de Ariosto. Los
visitantes quedaban admirados por la belleza de sus piezas que parecían tener vida propia.
Había ahí ranas, jirafas, flores, dragones, nopales, mapaches, árboles, puerco espines,
colibríes, bueyes, perros, mariposas y un sin fin de figuras más, pero las mejores de todas
eran los grillos, había de todos los colores y tamaños, cada pieza era única, con vida propia,
con un auténtico encanto y una gracia perpetua. No había visitante alguno, ni habitante en
San Alebrije Arrasola, que no tuviera alguno de sus grillos.
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Ariosto no recuerda cuando sintió la inspiración por recrear en madera aquellos
singulares animalitos. Desde niño había en su casa grillos, estaba prohibido matarlos, su
madre le enseñó a no hacerlo porque los grillos hicieron compañía a Jesucristo cuando
estaba en soledad y no los mata, los contempla para reproducirlos en madera de ocote. Así
como no recordaba la primera inspiración por su vocación, Ariosto no recordaba cuándo
sufrió su primer ataque epiléptico.
Gabriel, amigo de la familia, organizaba exposiciones en la capital del Estado, en
donde los artistas populares como Ariosto y sus primos podían exhibir sus mejores piezas.
Era una gran muestra anual. Ariosto jamás salía sólo, siempre lo acompañaba su madre o su
primo predilecto Juan José Omar; no lo dejaban sólo porque nadie sabía cuando tendría un
nuevo ataque. Rosa, su madre, cuenta que fue en un viaje a la capital de Oaxaca cuando la
epilepsia se presentó en su hijo, por eso, el viaje que haría Ariosto a la muestra anual, la
haría con Juan José Omar, Juancho, como le decían.
Juancho había nacido el mismo día y a aproximadamente a la misma hora que
Ariosto, habían ido a la escuela juntos, crecieron juntos, eran mejores amigos, Juancho lo
comprendía y compartía su dolor provocado por la epilepsia; lo defendía de las crueles
burlas de sus compañeros que le temían por su estado mientras duraban los ataques, sin
embargo, poco a poco ellos lo aceptaron y lo comprendieron. Ariosto se ganó el cariño de
sus compañeros y Juancho siempre estuvo con él en los momentos difíciles, siempre pensó
que la vida de Ariosto pudo haber sido la suya.
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El día que salieron hacia la capital, las montañas de la sierra al amanecer se pintaron
de color rojo y anaranjado, y el cielo lucía extraordinario, hermoso, impertérrito. Juancho y
Ariosto estaban felices de asistir a la gran muestra. Disfrutaron el camino, Juancho le dijo a
su primo que pensaba que la vida era como un viaje, no importaba tanto hacia donde se iba,
sino el recorrido, el paisaje, las montañas. Al llegar a la exposición, fueron recibidos por
Gabriel, viejo anfitrión, quien recordó cuando los padres de Ariosto y Juan José Omar
asistían a las exhibiciones con ellos aún pequeños. Ese primer día de exhibición fue un gran
éxito.
Durante el segundo día de la muestra los grillos y demás alebrijes de Ariosto y
Juancho se acabaron, todos los turistas pedían más y más figuras, preguntaron dónde vivían
y prometieron visitarlos. Aquellos alebrijes fueron la sensación, la autenticidad de sus
colores, la potencia de expresión. Ya en la tarde, ambos se retiraron a su hotel, Gabriel les
avisó que por un error en la reservación aquella noche se dormirían en una posada, a la cual
se dirigieron los primos casi al anochecer.
En la entrada de la posada había un gran zaguán de madera, en seguida un pasillo y
un árbol de naranjo lleno de flores de azahar, y desde ese momento en que caminaron hacia
la habitación, Ariosto sintió muy familiar ese espacio. Los muros estaban cubiertos por
hermosas artesanías en barro negro, soles y lunas, ángeles y vírgenes, casitas y jarrones. Él
sintió que ya había estado ahí antes, recordó el azul de las escaleras, la herrería del
barandal, las plantas místicas. Se quedaron en una habitación en el primer piso en el interior
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de la casa. Ariosto y Juancho estaban cansados, platicaron con la señora que atendía la
posada y pronto se dispusieron a dormir.
Cuando estaban profundamente dormidos, un grillo se hizo presente y su canto
comenzó a oírse, cric cric, cric cric; al principio fue casi imperceptible, pero como
transcurría en el tiempo el sonido se hizo más y más enérgico. Ariosto fue el único que
despertó. Entonces se levanto y caminó hacia la puerta, la abrió; cumpliendo su destino.
Estaba en un estado somnoliento. Caminó siguiendo el sonido, buscando el grillo que le
causaba incertidumbre. Pero ya no era él quien caminaba. Él era otro.
Siguió caminando, confundido, sabiendo certeramente que eso ya lo había vivido.
Cada paso que daba se restauraban sus recuerdos en su memoria, iba recordando lo que
había hecho la vez primera en la cual estuvo ahí y lo repetía. Subió las escaleras, caminó
hacía una habitación al fondo de un pasillo. Abrió la puerta porque desde ahí cantaba el
grillo y al agarrar el picaporte de la puerta, se dio cuenta que su mano era la de un niño, era
él cuando estuvo ahí hacía muchos años y recordó lo que realmente había pasado.
…Rosa y su esposo, asistían a una exhibición de Alebrijes, no había quien cuidara a
Ariosto y a Juancho y decidieron llevarlos a la capital de Oaxaca con ellos. Aquella ocasión
se hospedaron en aquella posada de muros azules, a media noche un grillo se hizo presente
y cantó para Ariosto y él despertó, el grillo huyó a la habitación de arriba, Ariosto lo siguió
por curioso, al salir y abrir la puerta de la habitación se dio cuenta que ya no era él. Era
alguien desconocido, alguien diferente, un adulto. Aquel lugar estaba diferente en
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comparación de cuando había entrado con sus padres horas antes, estaba más desgastado.
Al llegar a la habitación de arriba entró y la puerta se cerró de inmediato por un fuerte
soplido del viento; todo estaba totalmente oscuro. Él siguió con ahínco el canto y encontró
al grillo en un rincón, lo agarro delicadamente y escuchó su cric, cric, cric, cric. Al querer
salir no encontró la puerta debido a la inmensa oscuridad, se desesperó por ser
claustrofóbico, lloró y comenzó gritar pero sus gritos eran en vano. Fue entonces cuando
ocurrió el primer ataque de epilepsia de su niñez, pero el último en su adolescencia…
Sufrió convulsiones y contorciones…
Ariosto se incorporó después del ataque, por la infinita oscuridad no se distinguía
nada, seguía buscando la chapa de la puerta sin lograrlo, el grillo seguía cantando. De
pronto, Juancho abrió la puerta. Ariosto volvió en sí, se dio cuenta que era de nuevo él, y no
aquel niño del pasado. Ariosto logró recordar que cuando era niño, también Juancho le
había abierto la puerta a la vida, como lo había hecho esa misma noche. Regresaron a toda
prisa a su habitación, no entendiendo la complejidad de la realidad.