Cuantos inundados suspiros
(2006)
José Emilio estaba acostado con los brazos cruzados atrás de la cabeza. Su cabello largo estaba enredado por el aire que soplaba amable. Sus ojos casi negros estaban puestos en el firmamento, simplemente pensaba. Un día antes había tenido un sueño delicado y anhelado. Observaba la forma de las nubes y recordaba aquel sueño.
Meses antes había conocido a Sofía Dos Ríos, estudiante de medicina, quien sonreía con encanto y honestidad, era amable, simpática e inteligente. Sofía vestía de blanco como las palomas, blanco de pureza. Tenía cabello largo y rizado, casi siempre recogido; algunas veces cuando se le olvidaba traía en el cuello su estetoscopio.
Se trataba de un hermoso enamoramiento, inundado de suspiros, lo que vivía José Emilio, quien recostado en el pasto verde y fresco, recordaba que Sofía le había dicho que el amor es una terrible enfermedad porque siempre se termina en la cama. Sonreía al recordarlo, pero Sofía era más que ese comentario gracioso, ella hacía alusión al significado de su nombre: sabiduría. Por eso estudiaba medicina, bueno, eso creía José Emilio. Ellos se habían conocido en la universidad, fue la casualidad del destino, ella médico y él antropólogo, aparentemente sin cosas a fines, pero era todo lo contrario, cada quien tenía el corazón depositado en el otro, al menos eso pensaba y sentía José Emilio, no lo sabía a bien y cierta, entonces lo adivinaba y añoraba.
En los brazos de José Emilio había marcas y cicatrices que eran disimuladas con anchas pulseras de hilo cáñamo que él tejía con pasión, en su cuello, donde también tenía cicatrices, colgaba extraordinarias piedras de jade, obsidiana y ámbar. Parecía un hippie postergado, insertado en un tiempo presente, pero él tenía ideas imperecederas, que hacían sonreír a sus amigos y en especial a Sofía. José Emilio dibujaba y escribía. Pero muy pocos entendían la extraña retórica escrita en su carpeta azul y sus dibujos amorfos, Sofía lo entendía, y complementaba su cosmovisión. Sus conversaciones siempre eran amenas, interesantes, lúdicas.
Sofía significaba lo más hermoso en la vida de José Emilio. – Eres mi estrella que brilla en el cielo. Mi espíritu vive por ti- decía José Emilio pero hablaba para sus adentros, sin tener el valor para ver los hermosos ojos de Sofía, sonreírle y besarle. El corazón de José Emilio se agitaba cada vez que veía médicos reunidos en cualquier lugar; sigilosamente volteaba a ver, por si la encontraba, y mientras más se ilusionaba, su corazón agitado trataba de guardar su frenesí. Y trataba de controlar sus respiraciones.
Muchas veces por la emoción de verla entre los demás médicos, se sentía débil y tenía la urgente necesidad de acudir a la enfermería para que lo revisarán, y cuando no la veía, por la desilusión también se sentía delirar y de igual manera acababa en la enfermería, ahí algunas veces estaba Sofía, realizando su servicio social, cuidando la salud de los demás universitarios, no sabiendo que, por su culpa, alguien la perdía porque estaba enamorado, perdido, ilusionado. Las noches se las pasaba pensado, escribiendo y soñando.
El viento había dejado de soplar, su playera amarilla era delgada y empezaba a sentir frío. Entonces se levantó y comenzó a caminar, sintiendo que todos los ojos estaban sobre de él, sintiendo una extraña presión, una terrible angustia al sentirse observado. Pese a eso, Sofía estaba en todos sus pensamientos, no había momento alguno en que ella estuviera lejos, ausente, olvidada. Ya era de noche, llegó pronto a su habitación compartida y volvió a acostarse, ahora puso sus ojos en el firmamento de su techo y se dejó vencer por el sueño.
La vida de Sofía Dos Ríos era diferente y difícil, tenía un enemigo oculto que la acompañaba a donde quiera que fuese. Días después de haber conocido a José Emilio, salió a comer con él y su amiga Estela, quien sabía adivinar el destino en la mano con gran exactitud, fue ella quien le reveló que José Emilio la amaba. Estela era alegre, siempre jovial. Al llegar a la pequeña fonda, la cual había elegido José Emilio, decidieron en que mesa sentarse, Sofía estaba nerviosa, pidió que no fuese cerca de alguna ventana, pidió que les sirvieran en platos y vasos de plástico, pero nada de vidrio. José Emilio quedó sorprendido, extrañado, mas no preguntó nada y siguió las instrucciones de su enamorada. Pero a su suerte, la única mesa disponible estaba detrás de un vitral, para no desilusionar a José Emilio, Estela y Sofía asintieron y se dirigieron a la mesa. La conversación fue amena como siempre, les sirvieron queso relleno en vajilla de plástico y tomaron cerveza. Sofía había dejado de estar nerviosa. Justo cuando acababan de retirarles el plato del postre, el vitral de atrás explotó en diminutas piezas de vidrio. Los cristales de colores se incrustaron en la espalda y en los brazos de José Emilio. Empezó a sangrar y su playera amarilla se convirtió en púrpura. Estela y Sofía estaban ilesas.
Comenzaron a atenderlo, a darle primeros auxilios. Sofía lo tomó fuerte de la mano, la pegó a su pecho muy fuerte. José Emilio estaba boca bajo. Ella le contó lo que le sucedía.
–Toda la vida me han pasado cosas así, no depende de mí, no puedo estar cerca de cosas hechas de vidrio. Al momento que las toco o que estoy cerca se rompen, explotan. He ocasionado innumerables accidentes desde que tengo memoria-
Esa era una de las razones por las cuales Sofía estudiaba Medicina, para curar a quienes la rodeaban, pese a eso José Emilio la amó más, la comprendió mejor, pero no encontró el valor para decirle lo tanto que la amaba. En pocos días estuvo bien y se pudo quitar las vendas amarillas que le habían colocado.
José Emilio despertó temprano, no hacía frío. Se bañó de prisa y salió hacia la universidad. Esa noche no había soñado con Sofía, al menos no lo recordaba, pero en su mente estaba aquel sueño anterior, en el cual él la besaba tiernamente. Para su sorpresa y casualidad a medio día, la encontró caminando a lo lejos, la saludó con la mano y ella se fue acercando poco a poco dejando a un lado al resto de sus amigos doctores, su corazón se agitaba.
-No tengo qué ofrecerte porque persé no puedo. Pero tengo un corazón sincero y creativo. Estoy enamorado- fue lo que pensó José Emilio, mas no lo dijo. Entonces se dio cuenta que realmente era cobarde pero pronto encontraría una forma creativa de revelarle su amor.
Sofía frente a él, lo vio a los ojos, le tomó la mano y dijo -deseo ir de paseo a un lugar nunca antes visitado, pero no tengo con quién ir- . – Claro que vamos- Contestó él.
José Emilio decidió que iba a ser ahí cuando él diría su gran aflicción de amor. Se despidió de ella y la vio desaparecer entre los pasillos vestida de blanco. Sintió hormigas en el abdomen y caminó inevitablemente hacia la enfermería.
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Sólo marcando un punto…
Que verdadero es eso de que los suspiros duelen… duelen y duelen mucho.
Gracias por darle sentido a los tantos suspiros perdidos con este cuento.
a mi me encanta, me fascina!!! me…. wow!!!
tu actriz favorita jajajaj