Entre los vientos de octubre y las nubes verdes de invierno
(2006)
Cuando dejó de ver su reflejo en los diáfanos ojos de su amada, se despidió de ella para
siempre. Sabía que no la volvería a ver, a pesar de haberle jurado amor eterno y esperarla
en secreto. Mientras caminaba por los pasillos del aeropuerto y veía el ir y venir de tantas
personas, recordó cuando conoció a la gran amiga que momentos antes había salido de su
vida robándole suspiros.
Fue en las tardes de triste complicidad cuando sus vidas se encontraron y cambiaron
para siempre. Álvaro, adolescente aún, acostumbraba a caminar en las tardes por los
abandonados parques con flores marchitas y árboles desnudos que resistían el cataclismo de
la soledad. En las bancas de vieja talavera casi demolidas de aquellos jerárquicos jardines
una tarde de octubre encontró a una hermosa mujer que hablaba sola y sonreía para
ausentes; se recogía el cabello del rostro con fragilidad, sonreía, colocaba frente a sus ojos
los lentes para leer, y cada tarde abría un libro diferente. Aline tenía cuarenta años, pero
parecía de veinte. Su voz era cálida. Había llegado al país desde muy pequeña y había
olvidado su lengua natural. En las tardes de infancia asistía a tomar el café con sus abuelos,
que hablaban en francés las trivialidades de la nueva patria. En su adolescencia la vida le
presentó muchos amantes, pero nunca el indicado para compartir el resto de su vida; fue
cuando decidió consagrar su vida a la literatura. En las tardes soleadas de años olvidados
asistía a leer en bibliotecas públicas toda clase de libros, desde los Clásicos1 hasta los
1 No únicamente las canónicas: griega y latina.
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Contemporáneos2. Incluso un día se quedó dormida en alguna biblioteca y despertó al día
siguiente cuando sus padres, angustiados, la encontraron. Álvaro disfrutaba caminar,
contaba sus pasos adonde quiera que fuera. Le gustaba encontrar formas a las nubes y en
invierno se levantaba muy temprano para poder ver las nubes de matices verdes.
Después de abandonar el aeropuerto, el cielo había entristecido también. Nubes de
diferentes colores cubrían el cielo, amenazaba la presencia de una tormenta. Álvaro
caminó contando sus pasos, pensando si tendrían principio o final. Recordó cuando le
cambió la voz, tenía doce años, todos en su casa pensaron que había enfermado de tos, pero
la ronquera le duró toda la vida. Poco a poco fue acostumbrándose a su voz de hombre, y a
los sueños de adolescente. Sus movimientos pueriles cesaron un día y comenzó a ser como
un adulto. Su cuerpo se volvió un tanto robusto. Recordó cuando saludó por vez primera a
Aline, la suavidad de sus manos, su voz cálida, la fragilidad de sus movimientos. Él
simplemente se había enamorado de ella. Aline siempre le preguntaba ¿Qué hora es? al
verlo pasar, porque era ajena a la realidad, siempre se le hacía tarde para todo. Álvaro,
amablemente, un día le regaló su reloj. Ella se sorprendió ante tal gesto, y desde entonces
se hicieron amigos.
Álvaro disfrutaba ver su reflejo en los ojos de Aline, le gustaba su extraña forma de
hablar, su sonrisa silenciosa. En las primeras conversaciones abordaban temas de literatura,
pero Álvaro era demasiado joven y conocía poco. En algunas ocasiones, cuando Álvaro
2 Entiéndase contemporáneos como “la literatura de hoy”, “lo de ahora”. Entiéndase
también a la generación jóvenes intelectuales mexicanos, agrupados en torno a la revista
Contemporáneos.
Entiéndase como se quiera entender.
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estaba más concentrado, ella interrumpía la lectura para decirle qué parte le había gustado
más, y él únicamente cerraba los ojos.
Aline significaba su primer amor furtivo, lleno de esperanzas y buenas intenciones.
Ella leía con un dulce tono y él se acostaba sobre sus piernas; veía las nubes en el
firmamento; sentía la emoción recorrer cada parte de su cuerpo; su corazón se agitaba
dentro queriendo salir; su total atención en la narración… entonces Aline se inclinaba y
descansaba los labios sobre los suyos, estremeciendo su ser.
Álvaro caminaba, no teniendo claridad en sus pensamientos. Únicamente habían
trascurrido dos meses desde que la conoció, pero ya se había enamorado de su esencia. Era
diciembre y las nubes al amanecer eran verdes. Habían transcurrido dos horas de no verla y
ya la extrañaba. Recordó cuando Aline le dijo que regresaría a Francia porque su padre
había fallecido y necesitaba arreglar los trámites póstumos ya que la tercer esposa de su
padre no podía sola. Álvaro entristeció. Aline le dio un regalo, se trataba de una libretita
forrada con una tela color rojo. Ella dijo que fue un obsequio de un novio que murió en el
sesenta y ocho. En aquellas hojas amarillentas por el tiempo habían escritas hermosas citas
y frases que ella copiaba de sus libros de literatura.
El cielo se había oscurecido siendo media tarde, las nubes se volvieron grises. El
cielo empezó a gritar desesperado. Álvaro caminaba de prisa, sin dejar de contar sus pasos.
Faltaban pocas cuadras para llegar a su casa. Cuando atravesaba los jerárquicos jardines del
parque, el aire no le dio tregua; no había hojas en los desnudos árboles que el aire pudiera
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arrancar. El soplo del viento se hizo omnipresente. Entonces, los azulejos de talavera de las
bancas empezaron a elevarse entre los árboles por la furia del ventarrón. Álvaro empezó a
sentir su cuerpo ligero, sus pies se despegaban del concreto; intentó aferrarse al suelo, pero
no fue suficiente y el viento lo capturó y elevó entre las nubes, aquellas nubes verdes de
invierno.
Definitivamente este es mi favorito de entre tus cuentos. ¡Quiero a mi María Belén…!
Gracias, Alex, por compatírmelo. Por lo menos en mi imaginación vive ya mi María Belén, con voz cálida sobre una banca de talavera.
La verdad no sabía que existiera tu espacio.. Me parece un cuento muy interesante!!!
Wow tengo un amigo que sabe escribir bien eh!!! Me tendrás que regalar un ejemplar con una dedicatoria especial!!!:D
Gracias por enviarme el link!! Saludos por allá ,, que desde aquí siempre me acuerdo de ustedes…Los quiero mucho y sigue así Alex lo estás haciendo muy bien!! Congratulations!!!