Ponzoña (2006)
El día asombrosamente estaba soleado, a pesar de que llevaba muchos días lloviendo. El sol
había entrado por la ventana, destellaban sus rayos sobre los desnudos muros de la casa.
Mauricio abrió los ojos. Un nuevo día empezaba.
Era domingo, Mauricio acostumbraba vestir una ancestral levita para asistir a la
misa de medio día. Las nueve de la mañana marcaba su reloj de mano, que cada hora emitía
un tic tic para avisar que una hora más había transcurrido en su vida. Desayunó de prisa
porque se le había hecho tarde. Acostumbraba llegar temprano a la catedral para encender
las parafinas en el velatorio, las cuales eran cruelmente apagadas por el viento. Cuando las
prendía le gustaba imaginar las peticiones que las personas hacían a la virgen al momento
de encenderlas por primera vez. Algunas veces se quemaba por descuido, pero ofrecía el
dolor por alguna buena petición. Todos los domingos asistía a misa, los jueves a hora
eucarística, a medio día de todos los días pronunciaba las palabras del ángelus. Su vida no
se explicaba sin la existencia de Dios.
Ese día, al estar cerrando la puerta de su casa con doble vuelta de llave, escuchó un
sonido estrépito, volteó y vio a su vecina recién llegada. Él, a pesar de que se le hacía tarde,
corrió a ayudarla, porque de sus delgadas manos resbaló una caja con recuerdos invaluables
para ella. Mauricio empezó a recoger las piezas tiradas en el suelo. La mujer dijo su
nombre: Esmeralda Ancestrales.
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- Estos tiliches son invaluables para mí, son obsequios que me dieron mis padres
cuando aún era soltera. Gracias por ayudarme a recogerlos, es usted muy amable.
-Bienvenida. Me llamo Mauricio Catalán.
-Es un gusto.
-¿Y su marido?
-Soy viuda.
Por un instante, Mauricio perdió la noción del tiempo, como de sí mismo; recogió
con ahínco los camafeos de marfil, unas cartas escritas en viejo manuscrito, un anillo de
matrimonio, discos de acetato autografiados, fotografías de revelado instantáneo en color
sepia, servilletas con hermosos bordados y, finalmente, un crucifijo. Al verlo, recordó lo
retrasado que estaba para llegar a catedral. De inmediato se incorporó, volvió a acomodarse
la solapa y se disculpó con Esmeralda: Me gustaría ayudarla, pero estoy retrasado para
misa de medio día.
Esmeralda asintió con la cabeza y amablemente le dio la mano. Mauricio realizó lo
mismo, y comenzó a correr, no dejaba de pensar en su nueva vecina. Desde hace muchos
años ninguna mujer lo hacía sentir extasiado, cómo se sintió con Esmeralda ese día a medio
día, se sintió esperanzado. Llegó a mitad de la homilía, se sentó en la última banca para no
irrumpir la armonía preestablecida, abrió su Misal, Mateo 25, 14… “En aquel tiempo…”.
Leyó de prisa. El padre comenzó el rito de la consagración. Mauricio se hincó y escuchó las
campanas. Finalizó la misa. Así como llegó a catedral, regresó a su casa: corriendo.
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Inconscientemente un deseo le emergía como un volcán estruendoso en medio de un mar de
calma.
Conforme iba acercándose a su casa lograba ver la imagen de su vecina aún
trabajando. En la acera de la casa menesterosa de enfrente había baúles, maletas y,
extrañamente, un piano. Mauricio seguía pensando en la parábola de la misa. Al estar frente
a Esmeralda le dijo: ¿Le puedo ayudar, señora?
-¡Qué amable, gracias!
-Para eso estamos los vecinos.
-Me falta muy poco por acomodar. Me preocupa mi piano.
-¿Toca el piano, señora?
-Algunas veces, cuando estoy feliz. El piano era de mi padre.
-Que bien, señora, la música alegra el alma.
Metieron las cosas pequeñas, en la acera sólo quedaba el magnífico piano, con
música guardada dentro, conservando lo mejor para el último momento, como si fuese un
ser consciente que vivía cuando Esmeralda lo tocaba con armonía y perfección. Esmeralda
tomó el piano del lado derecho y Mauricio del izquierdo, con la intención de cargarlo y
acomodarlo dentro. Contaron hasta tres y lo alzaron. Mauricio no logró aguantar el peso, la
edad fue implacable. Entonces, de sus manos resbaló el piano. Un tenebroso ruido desgarró
el silencio. Al caer el piano se desintegró en diferentes partes. Entonces, un gran secreto
quedó al descubierto: especies de mariposas ancestrales empezaron a salir de entre las
piezas atrapadas desde siempre, buscaban libertad. Había de todos colores y tamaños, todas
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majestuosas. Una cantidad abundante que desde lo lejos se apreciaba como una extraña
nube multicolor. Nunca antes Mauricio había visto tantas de esas criaturas aladas. Fue
entonces cuando una mariposa negra se posó en su brazo y le enterró una amarga ponzoña,
e inyectó un mortífero veneno.
Mauricio cayó al suelo inconsciente, pero aún estaban en su mente las palabras de la
parábola, el rostro de Esmeralda entre las criatura aladas, el dolor de la ponzoña en su
brazo. Poco a poco su respiración llegó a una última exhalación. Esmeralda quedó
horrorizada. Las criaturas se dispersaban en el cielo de esa tarde de domingo.